El gobierno de Lee Jae-myung enfrenta una paradoja en su gestión estatal: un exceso de comunicación. El presidente generó controversia al afirmar en un acto oficial que los trabajadores migrantes no contribuyen significativamente a la economía coreana porque envían sus salarios al extranjero. Aunque su intención fue destacar que aumentar el empleo de ciudadanos coreanos en el sector agrícola impulsaría la demanda interna, sus comentarios no pudieron evadir críticas por ignorar la realidad rural, que depende fundamentalmente de la mano de obra migrante. Las declaraciones que diferencian la aportación económica entre trabajadores nacionales y extranjeros, más allá de la intención, pueden fomentar la xenofobia.
La confederación sindical Democratic Labor Federation criticó que el presidente haya degradado a los trabajadores migrantes a "máquinas de remesas". Incluso sectores afines al gobierno acusaron las declaraciones de ser "insensateces cargadas de ignorancia y prejuicio". La controversia social innecesaria que generó no responde únicamente a un problema de expresión. Reveló un límite estructural en la gestión estatal: las comunicaciones espontáneas e inmediatas del presidente en redes sociales anteceden a los mensajes oficiales depurados mediante revisión de asesores y coordinación entre dependencias.
Las redes sociales constituyen un canal efectivo para comunicarse directamente con la ciudadanía y divulgar políticas de forma expedita. Sin embargo, la comunicación directa que elude la revisión de asesores y coordinación interinstitucional reduce la previsibilidad de la gestión estatal. Las declaraciones sin pulir generan desconexión entre la cúpula política y el partido gobernante, agitan conflictos sociales y, cuando los mensajes se extienden incluso durante la madrugada, obligan a ministros y funcionarios a dedicarse más a gestionar crisis que a formular políticas, debilitando la autonomía y eficiencia organizacional. La opinión del diputado Jung Sung-ho, cercano al presidente, sobre la necesidad de reducir la frecuencia de comunicaciones en redes sociales merece reflexión.
Aun así, el presidente sostiene que las redes sociales son su "salvación" y mantiene su estrategia tradicional. Desde su etapa como alcalde de Seongnam y gobernador de Gyeonggi hasta llegar a la presidencia, las redes sociales fueron su arma para trascender los marcos de los medios tradicionales y los partidos políticos, movilizar su base electoral y sortear crisis políticas. No obstante, lo que funcionó para un político de oposición no necesariamente es efectivo para un presidente. Las palabras de un jefe de Estado trascienden sus opiniones personales y se interpretan como la dirección política y postura oficial del país. Cuando la franqueza dirigida a una base electoral se transforma en mensaje de Estado para toda la ciudadanía, se requieren mayor responsabilidad y moderación.
Según diversas encuestas de opinión, el índice de aprobación presidencial permanece estancado en el rango del 30%. Esta cifra por sí sola no permite atribuir al unívocamente al efecto de las redes sociales. Conviene, sin embargo, interrogarse sobre si la comunicación directa del presidente logra convencer solo a sus simpatizantes o también a sectores moderados e indecisos. Una declaración que entre sus partidarios suena sincera puede ser percibida por el resto de la ciudadanía como arrogancia e imprudencia.
Lo que el presidente requiere no es renunciar a las redes sociales, sino transformar su estrategia comunicativa. Aunque exprese opiniones ágiles a través de estas plataformas, las políticas y asuntos de Estado deben explicarse formalmente tras análisis y coordinación exhaustivos. El papel de los asesores y las dependencias involucradas no se agota en transmitir el mensaje presidencial. Es su responsabilidad crucial anticipar el impacto de las declaraciones, sopesar sus implicaciones políticas y filtrar decisiones erróneas.
El hecho de que las redes sociales del presidente hayan sido un arma de éxito político no las autoriza a convertirse en principios de gestión estatal. Conforme se acostumbra a los vítores de sus simpatizantes, se corre el riesgo de cerrarse a otras voces; cuanto más se obsesiona con la comunicación directa, más se debilita el sistema institucional. Lo que el presidente necesita no es incrementar la frecuencia de mensajes, sino ejercer responsabilidad ponderando el peso de sus palabras. Los ciudadanos no desean escuchar en tiempo real cada pensamiento de su presidente. Si la proliferación de publicaciones presidenciales erosiona la confianza en la gestión estatal, entonces es imperativo cambiar el modelo de comunicación.
* Este artículo ha sido traducido por IA.
