Oro y codicia: Las lágrimas del Amazonas ante la expansión de la minería ilegal

  • La minería ilegal del oro en la región amazónica consume el crecimiento económico de América Latina

Park Sun-tae, ex diplomático especializado en América Latina
[Park Sun-tae, ex diplomático especializado en América Latina]
 

Durante mis años como diplomático en Perú, fui invitado por la Embajada de Estados Unidos a realizar un sobrevuelo aéreo de zonas de minería ilegal junto con otros colegas de la carrera diplomática. La imagen del Amazonas vista desde el avión proporcionado por la Embajada perdura en mi memoria hasta hoy. Entre la selva tropical que se extendía sin fin, aparecían zonas donde los árboles desaparecían y la tierra había sido excavada profundamente. Era el rastro del saqueo despiadado de la foresta para extraer oro. Me preguntaba entonces si esa naturaleza destrozada podría alguna vez recuperar su estado original. La tristeza de esa pregunta no se disipó durante mucho tiempo.

En aquel momento, lo que más impresión me causó fue la destrucción forestal. Sin embargo, conforme profundizaba en la realidad de la minería ilegal de oro, los problemas resultaban mucho más complejos. El mercurio utilizado para extraer oro contamina ríos y suelos, y alrededor de los yacimientos se cometen violaciones de derechos humanos. Las organizaciones criminales controlan las minas y las rutas de transporte, obteniendo ganancias descomunales. Así, la destrucción ambiental, las violaciones de derechos humanos y la delincuencia organizada se entrelazan en una sola economía ilícita.

En América Latina, la delincuencia organizada ya no es un problema exclusivo del tráfico de drogas. La minería ilegal, incluyendo la explotación de oro, ha emergido como fuente de ingresos principal para las organizaciones criminales, amenazando no solo la vida de los residentes locales, sino también el desarrollo legal de la minería y las inversiones en el sector. Mientras los países del mundo buscan asegurar minerales críticos para la transición energética y las industrias de alta tecnología, se abren nuevas oportunidades para América Latina. Sin embargo, en un momento en que las naciones deberían incrementar la riqueza estatal mediante recursos y fortalecer industrias, la expansión de la minería ilegal representa una paradoja preocupante.
 
El oro se convierte en fuente de financiamiento para la delincuencia organizada, tras las drogas


El oro resulta un producto atractivo para las organizaciones criminales. Posee alto valor, es fácil de transportar y, al refinarse o mezclarse con oro extraído legalmente, se dificulta rastrear su origen. Con el alza sustancial del precio internacional del oro, la rentabilidad de la extracción ilegal también aumenta.

Según el Instituto Peruano de Economía (IPE), en el primer semestre de 2026, la proporción de oro originario de minería ilegal en las exportaciones de oro de Perú alcanzó el 54%. Aunque esta cifra se calcula basándose en las diferencias entre la producción oficial y los volúmenes de exportación, y no puede considerarse una medición exacta del volumen de transacciones ilícitas, refleja la magnitud de la expansión de la minería ilegal. El Fondo Monetario Internacional (FMI) también identificó a Perú en su informe de 2026 como el mayor exportador de oro ilícito en la región de América Latina.

Las organizaciones criminales operan minas directamente o cobran cuotas de protección a mineros, utilizando estos ingresos para adquirir armas y expandir sus operaciones. En Colombia, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y facciones disidentes del antiguo Movimiento Revolucionario Colombiano (FARC) han obtenido ganancias tanto del tráfico de drogas como de la minería ilegal de oro. Aunque oro y drogas son productos distintos, ambos representan fuentes críticas de financiamiento para los grupos criminales. Por lo tanto, intensificar únicamente los esfuerzos contra el narcotráfico resulta insuficiente para eliminar la base económica de la delincuencia organizada.

También en el sur de Venezuela, la actividad de organizaciones criminales y grupos armados en torno a la minería ilegal de oro constituye un problema grave. En su informe de 2025, el Grupo Internacional de Crisis (ICG) señaló que las ganancias de la minería ilegal fluyen hacia organizaciones criminales y grupos armados, y advirtió sobre la problemática participación de algunos funcionarios estatales en actividades mineras ilegales o su tolerancia de las mismas. Cuando la economía ilícita se combina con la corrupción, existe riesgo de debilitar la capacidad de aplicación de la ley del Estado mismo.

El problema es que la extracción ilegal no termina en el yacimiento minero. Cuando redes de transacciones ilícitas intervienen en los procesos de producción, transporte, refinación y exportación del oro, las ganancias criminales pueden infiltrarse en la economía formal. Aunque se clausuren minas, si persisten estructuras que compran oro y lavan dinero, la minería ilegal difícilmente será erradicada.
 
La degradación de bosques, ríos y la vida de los residentes llega primero


Los residentes que viven en las cercanías de minas ilegales son quienes experimentan los efectos más directos del daño. Cuando el mercurio utilizado en la extracción de oro no se gestiona adecuadamente, contamina ríos y suelos, amenazando la salud de los residentes a través de cadenas alimentarias. Para las comunidades indígenas que dependen de ríos y bosques para su subsistencia, esto representa un problema de supervivencia. En algunas zonas mineras ocurren trabajos forzados, trata de personas y explotación sexual de mujeres y niños. La minería ilegal no es simplemente un crimen ambiental, sino una violación de la dignidad humana y los derechos fundamentales.

Según el Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP), hasta mediados de 2025, la degradación forestal causada por la minería de oro en la Amazonía peruana acumulaba aproximadamente 139.000 hectáreas, superficie que supera en dos veces el área de Seúl. De esta cantidad, el 97,5% se concentra en la región de Madre de Dios, en el sur. Estas cifras incluyen también la degradación causada por la minería legal, por lo que no puede atribuirse en su totalidad a la minería ilegal. No obstante, queda claro que la extracción de oro genera una carga significativa para los bosques y ecosistemas amazónicos.

El Amazonas es un ecosistema crucial que almacena carbono, recicla humedad y mantiene la biodiversidad del planeta. El bosque ya experimenta presión por la expansión agrícola, la tala y el cambio climático, a lo cual se suma ahora la extracción ilegal. El daño trasciende a los residentes locales e impacta a la comunidad internacional.
 
Distinguir entre minería ilegal e informal es clave para encontrar soluciones


Es necesario establecer una distinción entre minería ilegal y minería informal. En Perú, la minería ilegal se refiere a la extracción en zonas prohibidas o a actividades que violan requisitos legales. La minería informal, por su parte, comprende operaciones a pequeña y mediana escala que no han completado su formalización legal pero se llevan a cabo en zonas donde la extracción está autorizada y están en proceso de cumplir con los trámites de legalización. Esta es una distinción basada en el marco institucional peruano; otros países de América Latina pueden tener definiciones legales diferentes.

La minería informal no significa que toda actividad extractiva sea lícita, ni que el simple hecho de estar en trámites de legalización exima de responsabilidad por contaminación ambiental u otros actos ilícitos. A la inversa, no debe considerarse a todos los mineros de pequeña escala como delincuentes únicamente por carecer de permisos formales. La condición legal de la minería y la participación de organizaciones criminales deben evaluarse por separado.

El sistema peruano de formalización de minería artesanal denominado REINFO ejemplifica esta complejidad. Fue implementado para integrar la minería informal al marco regulatorio, pero ha enfrentado críticas por repetidas prórrogas de plazos y limitaciones en supervisión y control, lo que permitió que algunos operadores abusaran del sistema. A finales de 2025, se promulgó una ley que extendía, por principio, el plazo del proceso de formalización hasta finales de 2026. Sin embargo, no puede ignorarse la realidad de residentes que trabajan en minería por subsistencia y avanzan hacia la legalización. Es necesario apoyar la transición hacia actividades económicas lícitas mientras se responde con rigor contra operadores ilegales que abusan del sistema.
 
La minería ilegal también socava inversiones y desarrollo minero legal

La minería ilegal ya no se limita al oro. El FMI señaló en su análisis de la economía peruana de 2026 que la minería ilegal se expande hacia el sector del cobre. Expertos del FMI estimaron que en 2024 el cobre extraído ilícitamente representó hasta el 5% de las exportaciones totales de cobre de Perú. Citando estimaciones del IPE, el FMI destacó que la minería ilegal está afectando proyectos de desarrollo minero con un valor aproximado de 12.000 millones de dólares. Amenazas como la extracción ilegal, la usurpación de derechos mineros y la interferencia en operaciones pueden paralizar actividades de exploración y desarrollo, inversiones en infraestructura y potencial de crecimiento nacional.

En julio de 2025, mineros informales en Perú bloquearon rutas de transporte de principales minas de cobre para exigir la extensión de plazos en el programa de formalización, causando interrupciones en la logística empresarial. Sin embargo, estas protestas no deben interpretarse automáticamente como actividad de minería ilegal u organización criminal. Los conflictos surgieron de intereses en disputa respecto al programa de formalización. Es igualmente legítimo que residentes se opongan a proyectos mineros por preocupaciones sobre contaminación ambiental o violaciones de derechos territoriales.

El verdadero problema surge cuando organizaciones criminales controlan minas y rutas de transporte para proteger sus ganancias ilícitas, o cuando intimidan a empresas. Si el Estado no logra controlar estas actividades, la minería legal deviene insegura y los inversionistas deben considerar riesgos adicionales. Si un país no puede desarrollar recursos de forma estable ni canalizar las ganancias hacia empleo, ingresos y competitividad industrial, incluso abundantes recursos minerales difícilmente se convertirán en motor de desarrollo nacional.

Esto no es una cuestión lejana para Corea del Sur. El país expande colaboraciones en cadenas de suministro que conectan recursos minerales de América Latina con su industria manufacturera avanzada. Sin embargo, la seguridad del abastecimiento de minerales no se determina solo por volúmenes de reservas. Factores como la seguridad en zonas mineras, la protección de derechos de explotación, la estabilidad de sistemas de permisos y la relación con comunidades locales son determinantes para el éxito de operaciones. También es necesario vigilar el riesgo de que minerales extraídos ilícitamente se infiltren en cadenas de suministro legales. Por tanto, resulta importante también colaborar para elevar la transparencia en procesos de producción y distribución, e impulsar desarrollo responsable de recursos.
 
Más allá de operativos: es necesario cortar las fuentes de financiamiento criminal


Países de América Latina intensifican operativos de control movilizando fuerzas militares y policiales para clausurar minas ilegales y confiscar equipos. Sin embargo, operativos de campo no son suficientes. Mientras los precios internacionales del oro se mantengan altos y existan ganancias ilícitas cuantiosas, persiste el incentivo para nuevos participantes.

La respuesta debe enfocarse en cortar las fuentes de financiamiento de organizaciones criminales. Es necesario rastrear de qué mina proviene el oro, qué refinerías y exportadores intervienen en su proceso, e impedir lavado de dinero y corrupción en etapas de compra, refinación y exportación. Dado su carácter transnacional, la cooperación financiera, judicial e intercambio de información entre países resulta fundamental.

Simultáneamente, es preciso reconocer la realidad de que zonas mineras remotas carecen de medios de subsistencia alternativos. Si no se distingue entre operativos contra organizaciones criminales y problemas de supervivencia comunitaria, será difícil formular soluciones sostenibles. Políticas que apoyen la formalización de la minería artesanal y proporcionen nuevas oportunidades de empleo y desarrollo a residentes locales deben implementarse en paralelo.

Las cicatrices del Amazonas que contemplé desde el cielo sobre Perú permanecen vívidas en mi memoria. En aquella época, me dolía la destrucción de los bosques; hoy comprendo que hay más: la economía criminal subyacente, las violaciones de derechos humanos y los desafíos del desarrollo nacional. Para que América Latina transforme sus abundantes recursos en verdaderas oportunidades de desarrollo, debe cortar las ganancias ilícitas de organizaciones criminales y garantizar que la riqueza generada por recursos se traduzca en mejora de vida para residentes y prosperidad nacional.

Trayectoria profesional del autor
 
△ Diplomático especializado en América Latina △ Profesor emérito de la Universidad Nacional de Trujillo, Perú △ Asesor senior del despacho jurídico Dentons Cardenas & Cardenas, Colombia



* Este artículo ha sido traducido por IA.